lunes, 30 de julio de 2007

Sobre los insultos

Esta mañana, a eso de las 12, un personaje al que hasta las 11.59 solamente despreciaba, me inquirió; primero con la mirada, luego verbalmente. Me dijo: "Eres un descarrilado". Vacilé en pedirle explicaciones, precisión en sus palabras, mas desistí. Sólo los rebeldes descarrilan, me dije. Luego, camino de casa, quise que se me ocurriera algún insulto que proferirle, en contrapartida a su imprecisión ferroviaria. Había de ser el peor insulto jamás pronunciado, algo que ni siquiera los diccionarios apócrifos y los libros de estilo contemplaran.

Sobre lo mejor que se le puede llegar a decir a alguien, Woody Allen matizó que no es un "te quiero", sino un "es benigno". Resolviendo un sencillo silogismo, deduje, sin ayuda de nadie, qué es lo peor que se le puede decir a una persona. Cuando a la mañana siguiente se lo solté a mi inapetente compañero de sección, frente a la máquina de cafés, no entendió el sentido ni la intención de mis palabras.

- Pues eso -le dije-, que sea maligno.
- ¿El qué?- contestó atropellado.
- El tumor que te salga- insistí.
- ¿Cuál?
- Qué sé yo.
- Pero ¿dónde?
- Pues no sé, quizá en un testículo.
- ¿El derecho o el izquierdo?
- No sé. No lo veo claro.

Con el tiempo me enteré de que mi compañero había acudido a varios médicos alarmado por mis vaticinios urológicos. No le encontraron nada en los testículos, pero sí una deficiencia cardíaca, una arritmia, un vestigio de angina en el pecho, que, en palabras del especialista, lo tenía sumido en un estado crítico de aparente normalidad, en una suerte de tren momentos antes de descarrilar.

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